Testimonio de mi proceso con Elma

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Un día, tras otra de esas noches en las que tenía demasiados problemas que resolver antes de poder dejarme dormir tranquilamente, me despierto con una intensa sensación de malestar en la boca del estómago, me cuesta coger aire como si mis pulmones fuesen ya del tamaño de dos globos gigantes inflados, que a la vez parecen también obstruir todo el sistema digestivo; el estómago parece haber encogido al tamaño de una avellana.

Comer se convierte en un esfuerzo descomunal por meterle algo de alimento a un cuerpo que parece estar ya demasiado lleno de todo; cerrado rechaza cualquier postura, acción o idea de acción. “¿Qué coño te pasa? Es una simple tostada… ¡cómete el puto pan!” “Ayer te tiraste prácticamente todo el día sin comer ni beber, no puedes seguir así”.

Llego al trabajo con este panorama, por inercia en un estado lamentable, luchando contra esa horrible sensación que me comprime el pecho… En un momento dado sin haber sido víctima de ningún trauma repentino, sin haber sufrido ningún episodio de atraco a mano armada en la residencia de ancianos ni haber sufrido la muerte repentina de otro de mis pacientes de noventa y tantos, así sin ningún motivo me vuelvo loca; estallo de desesperación. “Genial, estás loca”.

Mi mente era en ese momento un huracán de pensamientos y yo pasaba por allí, me pilló desprevenida en medio. En ese momento creí que moriría. Fuera bromas, creí que iba a morir. Sabía que no había salida, ni la habría, no podía escapar y no era capaz de pararlo. Moriría. Me sacudía por tantos lados a la vez que ni siquiera era capaz de analizar por dónde me atacaba. Entré en un estado de absoluta desesperación, lloraba, luchaba, quería quitármelo, quería que me lo quitaran y así, con todo su arte terminó una enfermera en Urgencias suplicando que le quitaran esa “cosa” del estómago. Sabía que la locura no se puede sacar tan fácilmente pero por si acaso… era el momento perfecto para un milagro. Salí hora y media después tras haber ingerido una maravillosa pastilla de Diazepam, pesando tonelada y media más y en slow motion pero con la misma angustia con la que había entrado.

Por supuesto esa sensación se convirtió en mi compañera de farra durante los siguientes meses de mi existir. Cualquier acción se convirtió en una amenaza aterradora, salir de casa o coger el autobús por ejemplo, me producía un miedo horrible por si volvía a sentirme como aquel día; así que nada, allí estaba yo sintiéndome como aquel día por el miedo a sentirme como aquel día “genial, de psiquiátrico”. Básicamente no podía moverme del sofá y desde él, un huracán a punto siempre de abalanzarse sobre mí me torturaba día y noche. Los primeros días y posteriores semanas tuve que volver a aprender a andar, ducharme, comer y salir a la calle como si hubiese sido víctima de un traumatismo cerebral y hubiese olvidado todo.

ASÍ HE VIVIDO LA MUERTE

Así soy capaz de describir lo que ahora veo como la maravillosa gran ostia que me regaló la vida y lo que por aquel entonces fue la peor pesadilla que jamás pudiese haber soñado; momentos verdaderamente duros, de lucha, en los que poco distaba de un auténtico zombi y en los que por mucho que buscaba pese a no tener ya apenas fuerzas, no encontraba motivos para seguir viviendo. Nunca pensé en suicidarme, siempre he sido demasiado cuerda para eso; por el contrario pensaba que morirse sería un gran alivio.

Desesperada y atolondrada acudí a un psiquiatra en busca de drogas; tras haber respondido a un par de preguntas absurdas comencé con tratamiento ansiolítico, “qué maravilla con lo que te gustan las pastillas, la estás arreglando”. Desde ahí fui tirando, sumida en una oscuridad de miedo, ansiedad, desgana, agotamiento, rechazo, aburrimiento… No podía seguir así, repentinamente algo había pasado a impedirme sobrevivir como lo había hecho hasta entonces.

Existía creyendo que construía mi vida, que tenía que construirla, decidir qué hacer, qué no hacer, completamente ciega de que la vida es demasiado grande para que nadie la construya o decida sobre ella. Iba zombi en completa desconexión con mi Ser, con mi sabiduría divina, completamente identificada con la mente. En completa tortura para no equivocarme en mis decisiones. Vivía creyendo tener el control de mi vida y me sorprendía completamente sobrepasada por ella, indefensa, con el culo al aire.

No había nada a lo que poder agarrarme; buscaba pero nada valía, nada me daba un motivo para vivir. Había llegado a vislumbrar que nada que pudiera ser o tener en un futuro me haría sentir mejor, nada que pudiera imaginar llenaría esa sensación de vacío que buscaba llenar desde que tengo uso de razón. Había usado todas mis cartas y no me servían. Los sueños me desilusionaban mucho antes de empezar a perseguirlos, nunca he sido de sueños, nada me motivaba y todo me daba una pereza increíble.

Me torturaba el corazón saber que tampoco ningún gran amor sería la salvación (comenzaba a asimilar que estamos en realidad destinados a vivir en soledad). Sospechaba del “Amor” desde que era un moco; los comentarios tales como “mi vida sin ti ya no tendría sentido” o “eres la luz de mi vida” siempre me habían hecho sospechar que algo no iba bien a mi alrededor. Queda claro entonces que a mis 24 años y en plena crisis el “Amor” tampoco me sirvió como bote salvavidas; al contrario, era una de mis mayores amenazas “por si no tenías ya suficiente”. La mera posibilidad de llegar a escuchar y/o yo ser el objeto de cualquier gesto o mueca que pudiera significar “desde que te conozco soy feliz, más feliz o estoy mejor” me producía una ansiedad comparable a lo que imagino sería ver aproximarse un barco no identificado en mar somalí.

Así fui sobreviviendo día a día, bajo una intensa lucha conmigo misma, totalmente angustiada; consciente por primera vez en mi vida de que estaba muerta. Luchaba contra esa muerte, pero nada de lo que había estado haciendo hasta el momento en mi vida servía ahora como cuerda a la que agarrarme para salir de ese estado y había leído a Eckhart Tolle, comprendido de forma inquebrantable la ilusión del futuro, con lo cual ayudó a que ninguna idea de un futuro mejor me sacase del pozo. Estaba atrapada.

TOPAR CON ELMA

Fue en ese momento en el que, no podría recordar como, topé en internet con un taller de Elma Roura. Ni la conocía ni tenía idea alguna sobre sus sesiones o talleres. Me aseguré de que no era psicóloca/psiquiatra (sabía que a través de razonamientos no saldría del pozo, no había persona más lógica que yo) y me anoté por el nombre del taller “Salir de sufrimiento”. Eso era lo mío, sufrir sufría fijo, eso era lo único que tenía claro a aquellas alturas, eso y que no podía o quería sufrir más; eso también estaba clarísimo, estaba agotada, no comía ni bebía bien y así no seguía yo mucho más; había decidido que yo suicidar no me iba a suicidar, ¡así que perfecto! Algo que finalmente tenía claro se merecía un viaje a Barcelona.

Desde ese día he vivido un proceso muy intenso, hermoso y duro de despertar a una realidad a la cual era completamente ajena y el cual, aviso ya de antemano, no seré capaz de describir con palabras, antes ciertas experiencias éstas quedan completamente en ridículo.

Elma me guió con una claridad y una delicadeza de otro mundo a una realidad que me anclaba fuerte a la vida, poderosamente, como las raíces de un árbol pertenecen al suelo que las nutre. Poco a poco, trabajando día a día como las raíces me fui anclando a la vida de manera indiscutible, incuestionable para mi propia mente escrutadora. Sin ser consciente había comenzado un intenso proceso del cual no hay marcha atrás. En el momento en que me senté frente a Elma en aquella casa rural decidí escoger la verdad. Elegí la pastilla roja que Morfeo le ofrece a Neo y mi vida cambiaría por completo desde entonces.

EL PROCESO

La vida sucede desde la meditación; esa fue la primera ostia de verdad. Guiada por Elma medité por primera vez y siempre trabajando desde ese punto fui aprendiendo a escuchar y a contemplar. Me emociono al recordar estos momentos; no tengo palabras para agradecer lo que la meditación ha supuesto para mí. Y así, día a día, contemplando en silencio descubrí por vez primera al pájaro loco que habita en mí, que insaciable trabajaba día y noche martilleando sin parar desde el segundo que le sigue a abrir los ojos cada mañana. Desde ahí, contemplando, comencé a hacerme consciente de los pensamientos. Tengo pensamientos constantes que aparecen de la nada como nubes, sin explicación; pequeñas historias que asoman pacíficamente a mi mente. Me di cuenta de cómo me enganchaba a ciertas nubes y me perdía entre ellas; comprendí que de mí dependía engancharme a una de esas historias o no, que de mí dependía sumergirme en un sueño irreal, normalmente un infierno, o contemplarlo pasar sin más. Estaba comprometida con la verdad, siempre lo he estado, no quería soñar ni un solo segundo, por agradable que fuese, quería vivir auténticamente sin trampas agradables. Vi como ninguna de esas nubecillas, ningún pensamiento, era más importante que otro, no había ninguna nube subrayada en fosforito. Eran todos inofensivos, aparecían y se iban… a veces volvían y se volvían a marchar… Sólo tenía que mirar. A veces me iba con uno, me daba cuenta y volvía sin más. Recuerdo la voz de Elma en las meditaciones guiadas; “observa… y cuando digo la palabra observa ¡date cuenta! Date cuenta de lo que estabas pensando…” ¡Y mierda!, siempre estaba pensando algo, viajando, me lo pasaba pipa.

Seguí trabajando, practicando… y así, en ese estado de meditación contemplativa, sucedía el silencio “¡Dios cuánto te había echado de menos!”. Desde ahí pude mirar adentro, me reencontré con mi alma, podía estar con ella, calentita. No puedo describir lo que sentí cuando esto sucedió pero fue algo así como la sensación que experimentas al llegar a casa después de un estresante día de trabajo, en invierno, llegas congelado, te descalzas y te dejas caer en el sofá bajo una manta con una cerveza en la mano, bien calentito. Y desde allí, sentada junto a mi alma comencé a escuchar lo que me contaba. Me iba descubriendo sus heridas, fruto de pensamientos que un día me creí, que le habían hecho daño y que le estaban impidiendo estar completamente abierta a la vida, libre. Me iba mostrando heridas fruto de pensamientos que me habían amurallado el corazón con miedo, rabia, complejos, rechazo, desilusión… descubrí adentro un corazón muerto de dolor, aterrado.

Entonces, guiada por Elma fui viajando en la memoria al momento en que se produjo la historia que se me mostraba y una vez allí podía recordar los pensamientos y sensaciones que ahora formaban parte del muro que rodeaba mi alma. Una vez cazados, cuestionaba su veracidad y eso que tan real era en mí y que tanto daño hacía incluso años después de haber sucedido, se deshacía. Destrozaba cada pensamiento estresante, cada historia, se volvía polvo que sin resistencia vuelve libre al viento. Se volvía tan incierto, tan volátil que ya no podía identificarlo conmigo. Deja de ser entonces parte de mí, lo dejo irse a donde pertenece, a esa nube que se pasea inofensiva. Ahí es donde pertenece. Ahí debe pertenecer.

En este punto todos los pensamientos (creencias, convicciones, teorías, juicios…) todo, absolutamente todo se desmorona, se vuelve polvo; todo se vuelve cuestionable desde un estado meditativo, nada es cierto y al mismo tiempo todo podría serlo. Esto fue increíble de vivir. Desmontaba mis propias historias, mi propia identidad y llegados a este punto comenzaba ya a no saber nada. Dejo de sentir como parte de mi yo ciertas historias pasadas, dejan de tener credibilidad, se caen por su propio peso, se evaporan ante la incredulidad de la mente que ya no sabía a donde agarrarse sintiendo una mezcla entre absoluto pavor y auténtica fascinación. Estaba de cabeza viviendo el proceso que supone pues destruir todas las creencias, viejos traumas, sueños, ilusiones, valores e ideales defendidos hasta entonces. Y no había marcha atrás, ¿o acaso alguien querría volver a vivir en una farsa una vez descubierta?. Personalmente estoy comprometida con la verdad desde que nací, así que ni podía ni quería huir, aunque me moría de miedo.

En el proceso, por lo tanto, me senté frente a frente con nuestro amigo EGO, por supuesto. Esa camaleónica vocecilla que tiene la habilidad de vestirse de cualquier color y la astucia más sorprendente y rápida aún de idear las más retorcidas artimañas para engañarte. Ese experto negociante de feria incansable. Lo dicho, me senté frente a frente a jugar su juego, la mente. Como en una partida de ajedrez observé sus estrategias, que cada día me siguen sorprendiendo y fascinando. Lo admiré y lo ignoré salvando movimientos que meses atrás me hubieran noqueado. Poco a poco fui comiéndole peones, perdiendo partes de mi identidad que hasta entonces me definían, que me tenían mortalmente aburrida. Los pocos sueños que podía tener se evaporaron al comprender que no tenía ni idea de lo que querría hacer con mi vida al segundo siguiente. Llegados a este punto vivía en una confusión absoluta pero al menos estar entretenida destrozando pensamientos me había devuelto al ring, era divertido.

Comencé a gestionar mis emociones a través de cuestionarme y destrozar los pensamientos. A través de cuestionarlo todo, fui abriendo los ojos a los demás, descubriendo que lo que me molestaba de los demás se volvía hacia mí en una ostia de realidad, nada tenía que ver el otro pobre diablo con mi rabia. Estaba sola; pude ver que era a mí a quien veía en los otros, partes de mí a quien criticaba, a quien odiaba. Esto me mostraba que ellos y yo éramos iguales, entendí que luchábamos por la misma felicidad y fue entonces cuando me invadió una profunda compasión y un amor incondicional por los demás (todavía no lo entendía muy bien pero me olía que algo grande pasaba y si yo era ellos, tratarme mal sería una auténtica estupidez. Comencé a cuidar mis palabras y pensamientos sobre los demás y sobre mí).

En mi trabajo destrozando estos pensamientos hacia los demás, fui consciente de la dureza con la que me había tratado toda la vida, sin compasión alguna… me trataba a mí misma mucho peor de lo que nunca nadie me había tratado, con una crueldad que me dejó sin palabras. Me castigaba, me juzgaba increíblemente masoquista. Esta vez me invadió una profunda compasión conmigo misma. Fue un momento muy emotivo, muy tierno; me abracé por primera vez en mi vida… me arropé, me reconcilié con esa niña que había tenido descuidada, abandonada… En este momento me acepté, acepté a los demás y a todo desde un amor incondicional que nunca antes había sentido.

COMPRENDIENDO A RÁFAGAS

Seguí trabajando mis pensamientos día a día, guiada por Elma en sesiones individuales por Skype como un apoyo imprescindible para mí y poco a poco me fueron llegando de la nada ráfagas o ostias de claridad. Posiblemente venían fruto del constante trabajo que estaba realizando. Fui comprendiendo más y más, alucinando más y más hasta el punto de prácticamente volver a creerme el pensamiento de que estaba completamente loca, en una locura que era la leche, eso sí. Fui consciente entonces de que había vivido toda la vida encerrada en mis propias ideas, juicios, creencias, limitada por mi propia definición de mí misma. Viviendo una vida con una constante idéntica gamma de colores, los cuales tenía mortalmente aborrecidos. Por supuesto, los pensamientos seguían sucediendo y con algunos me torturaba. Aquí tengo que mencionar una metáfora que surgió en otro taller de Elma, la siguiente; somos equilibristas, expuestos, vulnerables… bajo nosotros el abismo más oscuro, el viento los pensamientos, la cuerda la vida. Un despiste y antes de ni siquiera darte cuenta has pasado del placer más absoluto al pozo negro. No tienes que hacer nada mal, simplemente despistarte, creerte uno de esos pensamientos, ¡es tan fácil! Tan pronto rechazas algo te caes, fácil.

Pues bien, comencé a dejarme sorprender, fascinada, descubrí un mundo nuevo que ya no me aburría, que me regalaba su belleza en cada esquina, cada gesto, cada momento… Comencé a contemplar la vida suceder, aunque por aquel entonces aún no comprendía muy bien qué era aquello. Me sentía genial pero una parte de mí seguía inquieta.

Y seguía a ramalazos de claridad, comprendiendo… una noche me desperté a las 3am con una inquietud muy intensa, Elma me había dicho que escribiese todos los pensamientos así que cogí el móvil y merece la pena trascribir lo que anoté:
Qué buscamos? ¿Para qué buscamos algo o a alguien si soy yo en realidad? Es mi reflejo, no puedo tener algo que no sucedo ya… Entonces, ¿para qué lo necesito? ¿Qué busco fuera que no sea ya? Si lo que veo soy yo y no lo tengo no lo encontraré. Si me río con el otro me estoy riendo conmigo misma en realidad (la misma broma dependiendo de mi estado de ánimo me puede hacer gracia o me puede sentar como un tiro en el culo). Si lloro porque he perdido a alguien, lloro porque me he perdido a mí en realidad. Todos es lo mismo. Me estoy inventando una historia conmigo misma. Somos partes del todo que duermen en un sueño creyéndose que están separadas. ¿Qué coño es esto? ¿Energía dinámica metida en cuerpos? ¿Con mente y memoria? ¿Un regalo para disfrutar sensaciones de los sentidos? ¿Qué es esto? ¿Cómo es de infinito? No sé, no sé NADA, AMOR nada más… y eso no se puede explicar.

Tras este momento tuve que contactar con Elma, ahora los hechos habían superado con creces mi concepto mental de “NORMAL” y consideraba seriamente que me estaba flipando de psiquiátrico. Con un par de palabras, en su línea, Elma me volvió a la meditación; desde allí sabía que nunca había estado tan cuerda en mi vida.

Con el paso de los meses, vivía experiencias mágicas, sensaciones increíbles, había momentos de absoluta paz y momentos que jamás podré describir con palabras (lo he intentado antes y las caras que me he encontrado son de foto; he llegado a la conclusión de que esas son el tipo de cosas que es mejor guardarse para uno mismo). A pesar de esto vivía aún con tensión. Buscaba siempre esa felicidad, esa paz, esa belleza en la vida que ahora conocía… Me ponía a meditar en busca de esa sensación y rechazaba situaciones o eventos en los que sabía que no tendría tranquilidad, me escondía de situaciones que podían resultar en sensaciones desagradables; tristeza, estrés, dolor… Entonces una ostia más de claridad esta vez a través de OSHO, y comprendí. Seguía calificando de positivo y negativo, bonito y feo, justo e injusto, dolor y felicidad todo lo que me rodeaba y sucedía. Después de todo lo vivido, descubrí esta gran artimaña del EGO, después de todo seguía igual, seguía con miedo, rechazando una parte de ese ying yang. No quería ni podía aislarme en un Himalaya en meditación, tenía que vivir en este mundo estresante, doloroso, duro. Entonces me rendí, me entregué a lo que estaba siendo, abandoné la lucha, gave up y, en ese momento me fundí en el éxtasis del todo contemplándose suceder. Experimenté que el dolor es lo mismo que la felicidad, lo abracé sin juzgarlo y me fundí en él, siendo él, alcancé a sentir el éxtasis de la vida. En ese momento ya no tienes miedo pues ves que nada puede matarte. Entiendes profundamente que lo único que puede causarte sufrimiento es creerte un pensamiento y ya sabes como hacerlo volver a su nube indefensa; ya te has sentado de frente con la mente, fuente de todo sufrimiento, sabes que vive en el pasado y en el futuro, ya la has matado antes en forma de presente. Sabes que cualquier pensamiento es destruible en cinco minutos. ¿Qué de real tiene un recuerdo que desmontas con tanta claridad? ¿Qué de importancia vital tiene un sueño que tardas en decidir modificar el tiempo que te lleva imaginarte otro nuevo?

Tus recuerdos son historias inventadas y no tienes ni idea de cuales son tus sueños, porque no los tienes, son falsos yoes que caen pro su propio peso. Aunque te resistas a creer que sabes lo que quieres, no tienes ni idea. Somos energía sin forma en cambio constante; como dice OSHO, somos una nube blanca. Una nube aparece, cambia, desaparece y se mueve arrastrada por el viento sin oponer resistencia alguna, en paz, sin pretender tener forma de estrella o de ballena, sucediendo, sin pensar porqué sucede, siendo, infinita, intocable, inalcanzable, indestructible. Informe, eso somos… nubes blancas.

Cuando te rindes, cuando comprendes que dolor y felicidad son lo mismo, te fundes en éxtasis con la vida. Cada segundo es una oportunidad para el SER contemplarse sucediendo a través de mis ojos y experimentar a través de mis sentidos su propia belleza: TANTRA.

TANTRA

Comprendí que no hay otra manera de vivir que no sea Tantra. Sólo en tantra estás realmente vivo, mientras no estás en tantra estás en un sueño, así de simple. Sí, Elma me metió de cabeza el tantra siendo yo totalmente inconsciente. A través de cuestionarlo todo pude ver que no somos más que entes sin cabeza, una energía concentrada que sucede a cada segundo. Sólo puedes estar seguro de este segundo, de este momento presente aquí y ahora; todo lo demás jamás lo has sabido y jamás lo sabrás.

Recordé el arte de vivir, en una serie de consecutivos e infinitos momentos presentes, muriendo y renaciendo a cada instante, estaba, en un principio inconscientemente, viviendo en tantra, aunque fuera por cortos periodos de tiempo. Comprendí que no se puede vivir una vida auténtica de otra manera. Cuando comprendí que lo único que tendría por siempre sería este momento, sentí un gran alivio. No tenía que buscar nada, estaba agotada y aburrida de buscar, ya estaba aquí, siempre había estado aquí esperando a ser contemplado, vivido…

Elma me guió a verme en el otro en tantra. Me hizo plantarme frente a una persona desconocida en contacto visual, en meditación, presente. Lo que sentí no sé describirlo, me supera, podría resumirlo como un amor incondicional hacia ese desconocido.

Un buen día me sorprendí en cueros en una sala llena de gente que no conocía, sin comerlo ni beberlo. Una vez comprendido que somos lo mismo, pertenecientes a un todo, que nada quiero del otro y que nada temo del otro, me expuse por completo, me mostré vulnerable por primera vez en mi vida. Ese momento es un auténtico regalo para mí, uno de las más hermosas experiencias de mi vida. Se produce una profunda conexión contigo mismo a través de los ojos del otro, ves su alma, su ser, su pureza y por lo tanto la tuya. Sucede el amor.

Comprendí como hacer el amor se convierte en un encuentro íntimo con el SER. Comprendes que no es el otro el que te da placer sino tú misma. De esta manera puedo ver pinceladas de lo que sería tener una relación libre y sana. Puedo ver que el amor en pareja puede existir de manera auténtica; una relación de acuerdo entre las dos partes por compartir ese Amor que cada uno siente por la vida comprendiendo que nada necesitan el uno del otro pues lo que no tengan ya no lo encontrarán en el otro, sin la necesidad de poseer, sin ese anhelo por tanto de que el otro me de y bien consciente de que nada es permanente y de que tan fácil como vino se puede ir, sin motivo, sucediendo. Finalmente veo posible tener pareja; no me da pánico pero sí un miedo importante todavía. Miedo a perderme en el otro y aunque ahora he entendido que el miedo es mi mejor aliado, las relaciones siguen siendo mi talón de Aquiles, mi pequeña historia en la cual sigo trabajando. Las mujeres me hacéis perder el equilibrio a velocidad de la luz; basta una mirada y a tomar por culo equilibrista, a tomar por culo todo lo que acabo de escribir y a tomar por culo tantra.

Mientras espero, sigo trabajando, sintiendo el éxtasis de morir y renacer a cada instante. Completamente maravillada al experimentar cada segundo que TANTRA es una apuesta que debe ser elegida a cada segundo y por todos los segundos. He elegido TANTRA, la pastilla roja, ahora ni quiero ni puedo volver atrás.

AGRADECIMIENTOS

Ya sé que te lo he dicho mil tropecientas veces y que debes estar aburridita de que te den las gracias pero te vas a tener que aguantar, Elma, nunca me cansaré de darte las gracias, me sigue fascinando la claridad y la delicadeza con la que haces. Para mí eres mi maestra, te guste o no; gracias por no darme ni una sola respuesta; no las hay. Gracias por ser mi mayor apoyo cuando lo veía todo negro y aún a día de hoy y gracias por ofrecerme plasmar en la manera de lo posible y dentro de mi capacidad de expresión y de comprensión lo que han supuesto para mí estos 12 meses de intenso crecimiento desde que te conozco; ha sido muy hermoso y enriquecedor.

Espero que mi experiencia sirva de medio para llevar algo de luz allí donde haya oscuridad. Que le llegue a quien tenga que llegarle y a donde tenga que llegar si es que tiene que llegar a algún sitio.

Anónimo, 25 años